Recuerdo cuando éramos niños y nos escribíamos notas de amor como si nos fuese a durar toda la vida, notas a veces hechas una chapuza en un trozo de libreta y a lápiz, y otras veces muy logradas con sus dibujos de corazones y su buena letra. Aquello era vivir el "amor" intensamente, sin preocuparse del que dirán, o del ¿ y si me hace daño?.
Sin embargo, ahora resulta complicado ver que estás rodeada de papeles con un montón de palabras bonitas escupidas con tinta en una tarde. Esas cosas te gustan, te emocionan, te hacen sentirte especial y como no, provocan un sentimiento en ti que no podría llegar a definir como amor pero si como algo con cierta similitud.
En esos momentos, estás tan embobada con ese puñado de letras que no te das cuenta que el papel te está rasgando la piel, poco a poco, lentamente, provocándote una herida que cuando te des cuenta será demasiado tarde para que cicatrice y siempre te quedará esa marca que recordarás con fecha exacta y a la que dirás "no volveré a caer en nada similar". Hasta que aparece el siguiente de la lista, otro igual, palabras bonitas, le das lo que quiere y luego si te he visto no me acuerdo.
Y entonces llega el día en el que tienes tantas cicatrices que no cabe ni una más, así que decides cerrarte en banda y no darle opción a nadie de nada, y es ahí, en ese preciso instante, cuando aparece ese que si escribía cartas de amor sinceras, que no dejaba que el papel cortase, ni que soportases una cicatriz más.
En cambio tú, volviste a mirar para otro lado pensando que sería otro jodido cabrón.
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