Caminas con la cabeza bien alta siempre, pero un día tropiezas y caes, caes a una grieta que no tiene final; crees que puedes salir de allí pero por cada paso hacia delante das tres hacia atrás. Te agobias, lloras, te desesperas, te pones de los nervios y te cabreas; al principio es un rato y pasa pero a medida que te dan más y más golpes y te hunden un poco más ese rato se convierte en horas, días o semanas. Intentas con todas tus fuerzas dejar esos malos ratos atrás y a veces lo consigues, alguien te tiende la mano y te ayuda a salir de ese agujero pero cuando ya ves la salida esa mano te suelta, otro golpe más.
Ya se ha vuelto una costumbre, a cada golpe caes más fuerte y bajas más abajo, te enfadas y las pagas contigo misma hasta tal punto que el dolor físico es menos que el dolor emocional y es en ese punto cuando ves la muerte de cerca, te asustas y corres en sentido opuesto, consigues perderla de vista pero lo que no sabes es que la volverás a ver más pronto de lo que crees y en una de esas veces tendrás tantos puñales clavados en la espalda que ya no tendrás fuerzas para escapar de ella y te dejarás ir.
Cuando eso ocurra, cuando permanezcas inmóvil y fría bajo tierra todos aquellos que te hicieron desaparecer lloraran tu muerte y te dirán palabras bonitas, pero en ese momento tu ya no podrás volver y decirle lo mucho que los querías a pesar de todo el daño que te han hecho.
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