Desde pequeña me hablaron de ti, me enseñaron a pronunciarte, amor de madre, amor de abuela, amor de hermana; todo era tan jodidamente bonito que pensaba que todo lo que incluyera la palabra amor sería bueno para mi. Sin embargo, ilusa de mí, pronto caí en las garras del amor propio, ese que parece bonito pero que muchas veces es el infierno en persona, el que te hace destruirte a ti misma sin importar las consecuencias y que puede llegar a ser tan poderoso como para acabar contigo. Conseguir que el amor propio sea algo bonito es inmensamente difícil, queramos o no, todos tenemos algún demonio por dentro que nos hace destruirnos en milésimas de segundo. Pero existen más tipos de amor del malo, como el amor no correspondido, ese que cuando ves a esa persona que tu tanto amas ser feliz con otro que no eres tu hace que se te rompa el alma en cien mil pedazos y tu luz se apague cada día un poquito más. También existe el amor tóxico, aquel que creemos amor pero no hace más que ponerte ataduras para que no salgas de su zona de refugio, para que al final nadie más hable contigo, nadie más te vea y nadie más te toque y tu acabes pisoteando tu propia dignidad y tapándote los ojos sin querer ver lo que tienes alrededor.
Sin embargo, existen amores buenos, aquellos que te hacen sentir plena, te hacen ver que esto que llamamos vida vale la pena y que si decides irte dejarás un hueco inmenso por el cual otras personas dejarán de creer en los amores buenos.
Así que, recuerda, existen muchos tipos de amor, buenos y malos, pero el juego consiste en saber que dosis de cada uno necesitas para ser feliz.
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